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    La Antesala del Cielo En la cima de los Cuchumatanes las vistas son impresionantes. Aqui se puede ver gran parte del occidente Guatemalteco.

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    La Villa de Chiantla, cuenta con edificios de importancia histórica. El santuario de la Virgen de Candelaria recibe miles de peregrinos durante todo el año.

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    El mirador Juan Dieguez Olaverri, es un parque desde donde se puede observar un paisaje hermoso. Tiene una altura de 3,800 metros sobre el nivel del mar.

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    Con más de 100,000 habitantes, Chiantla es un municipio que esta ubicado en el occidente sur de la republica de Guatemala, en América Central.

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En la casona vieja, esa que seguramente fue construida en el siglo XIX y que parece estar en una capsula del tiempo, rodeada de modernas residencias, cada ves más pequeñas, parece librar una batalla contra el modernismo, su gran jardín frontal, su corredor de la entrada, su patio trasero, recuerdan otra época, una en que el ritmo de la vida definitivamente era otro. En su interior, el polvo cubría todos los muebles  con una fina capa año tras año, después que la dueña, doña Pilita, falleció en aquella soledad, donde únicamente sus muebles la acompañaron desde que su única hija la abandono apenas cumplió edad para irse a estudiar al extranjero. Su esposo, falleció en la  segunda guerra mundial. No Guatemala no participo en esa guerra, su esposo, italiano de origen, atendió el llamado de la madre patria pero lo hizo desde la cruz roja, en donde lamentablemente contagio una neumonía precisamente en los Apeninos, esos montes tan o más altos que los Cuchumatanes, esos otros que lo recibieron y acogieron en el nuevo mundo, el falleció en el ya lejano invierno de 1944.

El Viejo ropero, ese armatoste de estilo victoriano, recuerda con nostalgia su llegada a la casona, sabes, le dice a su vieja amiga la comoda, ese día que vine fue tan especial, don Tonino me encargo a don Efraín el carpintero, incluso cada detalle que tengo en las puertas en las patas en el marco del espejo, se lo dicto de memoria. El recordaba el viejo ropero de su madre, allá en la vieja Provincia de Catanzaro, en el sur de Italia. Todos los días llegaba con don Efraín, jajaj, yo creo que rebaso por mucho la paciencia de don Efraín y eso que ese señor era casi un santo, pero es que quería tener algo que le recordara tanto a su madre. Ese día la Pilita, que por ese entonces tendría 21 años, no cabía de la alegría, se decía, me abrió de puerta en puerta, urgo en mi interior y exclamo, ¡lo malo es no tener tantas cosas para llenarlo!. Al pasar de los años, las cosas ya ni me cabían.

Hay la Pilita, exclamo la comoda, yo fuí su primer regalo de aniversario, si cuando la Pilita cumplió cabal los 18 años y es que don Herminio, ese señor español  de carácter tan tosco y estricto no dudo en comprometer a su adolecente hija a los 17 años, con el ingeniero Italiano venido a construir la carretera hacia el norte de los Cuchumatanes. Para suerte de la Pilita, Tonino era un tipo apuesto, de bellos ojos azules, piel morena y aspecto imponente,  pero sobre todo, era un caballero, aunque doblándole la edad, Tonino encontró en Pilita el amor de su vida. Mi impresión al ver a la Pilita fue indescriptible, la muchacha adolecente era una mezcla de belleza europea y maya al mismo tiempo. Su madre, una indígena de Todos Santos Cuchumatan, le heredo el pelo negro grueso, sus ojos, verdes como la laguna magdalena, contrastaban con su piel que no se definía entre blanca o morena. El sol que en Chiantla quema, ponía sus mejías de color carmín, que maquillaje guardaría yo su comoda nueva si esa niña era bella así naturalmente. La acompañe cada mañana cuando se sentaba frente a mi y es que don Tonino siempre viajó y la Pilita prácticamente vivió sola. Pero nosotros la acompañamos siempre, yo vi cuando le salió su primera cana, cuando su carita empezó arrugarse, cada detalle de su rostro lo tengo tan grabado como si fuera ayer mismo que estaba aquí sentada delante de mi… Un dejo de tristeza invade los muebles de aquella vieja casona.

No se pongan tristes, replico la cama, con sus cuatro esquinas, todo de estilo victoriano, yo fui la primera que estuve aquí, si antes que tu ropero, antes que tu comoda, incluso antes que esta casona, imagínense, yo le pertenecí a doña María, la madre de Pilita, fui el regalo de bodas, aa que secretos podría contarles, yo fui testiga de las lagrimas de nostalgia de la Pilita, siendo una niña obligada a casarse con un hombre que aunque apuesto al principio lo desconocía. Si lloro mucho mi niña, pero también se que lo amo y valla si no, ese hombre se convirtió en su protector, en su razón de vivir, también soy testigo de sus lagrimas, pero de tristeza al saber que jamás volvería cuando falleció tan lejos de ella.

Pues si amigos, dice la librera, no todo es tristeza, recuerdan como Rocío, la nena de la Pilita, daba sus primeros pasos aquí mismos, como se sostenía de vos Ropero, cuantas veces no te pinto toda Comoda y claro, las tantas veces que saltaba riéndose encima tuyo cama. Yo fui la ultima que vine aquí, fui la que ayudo a Rocío a estudiar, le guarde sus libros, miren aun conservo los primeros escritos de la niña en este cuaderno.  Se lo que escribía Rocío en su diario, de cómo le dolió la partida de su padre cuando apenas tenía ella 8 años, me dijo regresare, anoto en su diario, pero los días se volvieron meses y luego años y ya ni siquiera muerto pudieron traerlo, el se quedo en su amada Italia, pero dejo al otro lado del Mar sus dos tesoros más grandes. La Niña Rocío creció y heredera de una belleza inigualable, también abandono a su madre y su pueblo a los 18 años, ella quería salir al mundo y un día, se fue, se caso y se refugió en Europa, nunca sabremos porque jamás regreso a visitar a su madre. La Librera, aunque trato de cambiar la nostalgia que rodeaba la habitación, al final todos guardaron silencio, abrumados por los recuerdos.

Ese ambiente de nostalgia, fue interrumpido de pronto, un ruido dio paso a la apertura de la puerta de la habitación de la Pilita, el sol que durante decenas de  años estuvo ausente, entra de nuevo en aquella habitación. Una silueta de una joven, veinteañera dejaba notar, avanza lentamente en medio de aquella habitación. Como describir lo que veía, muebles victorianos pero con influencia maya la rodeaban, el piso de ladrillo desfigurado, un balcón de vidrios rotos, telas de araña cubrían la comoda, la madera de la cama se caía poco a poco. De pronto los muebles ven algo que les parecía familiar, los ojos de la muchacha. Son ellos repetía la Comoda, ¡son los ojos de la Pilita! Lo sé yo los conozco más que nadie. En efecto, era la bisnieta de Pilita. Junto a ella, un grupo de hombres entra, comienzan una limpieza profunda de la casa y de los muebles. Pilar se llama la joven, el mismo nombre que la bisabuela, se sienta frente a la comoda, al abrir las gavetas encuentra un peine de plata de su bisabuela. El ropero, le muestra los zapatos y vestidos que cuentan una historia de un tiempo cada uno, imagina, trata de decirle el Ropero, aquí hay vestidos de los años 40 hasta los 80. La librera está ansiosa, quiere que Pilar descubra los libros de su abuela Rocío. Finalmente, la bisnieta se sienta en la librera y toma los libros, abre el cuaderno y lee los primeros escritos de su abuela. Encuentra en medio del cuaderno, un dibujo, se queda viendo detenidamente, es el dibujo que una niña de 8 años le hace a su padre ausente, en ese dibujo, esta Pili la Madre tomando de la mano a Rocío la hija y abajo una leyenda que decía Te extrañamos papa. Pilar derrama una lágrima de tristeza, esa misma lagrima que los muebles de aquella habitación por décadas no habían podido derramar.

 

Luego de un viaje agotador, hoy los muebles adornan una bella residencia en la Ciudad de Guatemala, Pilar una de las bisnietas y la heredera de la casona vieja de Chiantla, es esposa de un diplomático Francés, cuya misión en Guatemala le permitió rescatar los muebles victorianos de su bisabuela, la bella Pilita, de quien solo escuchaba  que tenía una casona vieja en algún lugar de América Central.

Giovani López

 

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